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El programa que más ingresa es el que menos se revisa

Llega una solicitud de información y dice que le interesa el programa de dos años. Contestas con la información del programa de dos años. Tres correos después resulta que esa persona estaba mirando el máster de nueve meses, y ni ella ni tú entendéis muy bien de dónde salió la confusión. Se arregla, se archiva y no se vuelve a pensar en ello. La única explicación razonable es que se despistó al rellenar el formulario.

No se despistó. La página del máster se creó duplicando la del programa de dos años, y el botón vino con ella. Pone «Solicitar información», como el de la otra página; lo que no se ve es que lleva dentro el nombre del programa, y ese se quedó sin cambiar. Cada consulta sale desde entonces con la etiqueta del programa equivocado.

Al crear esa página se cambió el título, el temario, las fechas, el precio, las fotos. Todo lo que se lee, se revisó línea por línea; el precio incluso dos veces, porque es lo que más se mira. El botón se dejó como estaba: se veía bien, decía lo que tenía que decir y al pulsarlo abría lo que tenía que abrir. Lo que arrastraba iba por debajo.

Ahí está el corte. Una página de curso tiene tres capas, y solo se revisa una. La que se lee es la primera, y de esa se ocupa todo el mundo: se parece a un texto y cualquiera detecta si dice una fecha equivocada.

La segunda es la que se ejecuta, y no la revisa nadie, porque no se lee: adónde apunta cada enlace, qué mensaje lleva precargado un botón, a qué buzón entra un formulario, qué archivo se descarga cuando alguien pide el dossier. Nada de eso se ve en la pantalla. Solo se ve en lo que pasa después.

Y lo que pasa después casi siempre parece otra cosa. La consulta que llega mal se atribuye a un despiste del interesado. El enlace de descarga sigue apuntando al dossier equivocado; y como el archivo se descarga sin error, nadie sospecha. El formulario que entra en el buzón antiguo tampoco falla: entra, se queda ahí y no lo lee nadie. Ninguno de estos fallos avisa. La página funciona; funciona hacia otro sitio.

Queda la tercera capa, que es la que leen otros. Cada página lleva un título y una descripción que no aparecen en la pantalla y que son los que ve Google cuando decide cómo mostrarte, y los que ve WhatsApp cuando alguien pasa tu enlace a un amigo. Al duplicar se heredan igual que el botón, así que la página de tu máster puede estar presentándose por ahí con el título de otro programa, o con una descripción escrita para una convocatoria que ya pasó. El futuro alumno que la recibe por mensaje no ve tu página: ve esa tarjeta. Y decide si abrirla con lo que ponga ahí.

Duplicar es lo razonable, conviene decirlo. Crear cada página de curso desde cero cuando tienes ocho programas no tiene sentido: la anterior está probada, funciona y ahorra una tarde. El problema no es duplicar. Es que la revisión posterior se hace leyendo, y leyendo no aparece nada de esto.

Por eso la comprobación no se hace leyendo. Abre la página del curso más importante en el móvil, sin haber iniciado sesión, y recórrela como la recorrería alguien que no sabe nada de tu centro. Pulsa todos los botones, uno por uno, hasta el final. Descarga lo que se pueda descargar y ábrelo. Envía el formulario con tus datos y espera a ver dónde aparece. Mándate el enlace por WhatsApp y mira qué título y qué imagen salen en la vista previa. Anota cada vez que salgas de tu dominio sin haberlo decidido. Son veinte minutos y no hace falta saber de marketing: solo comprobar que cada cosa lleva donde dice que lleva.

Casi siempre sale algo. Y lo que sale lleva meses ahí, funcionando en silencio, porque quien creó la página sabe lo que significa cada elemento y el visitante solo ve lo que hace.

Revisaste todo lo que se lee; lo que se pulsa no lo mira nadie.

Esto que acabas de leer es criterio, no plantilla. Es lo que hago con escuelas. ¿Hablamos?

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